El problema de los lienzos - Crítica de Otra Piel (2024), dir. Patricia Correa

Con tal de atajarme a las posibles confusiones voy a anticipar mi veredicto, para que no se tome por espanto e indignación (emociones negativas) lo que son mi espanto e indignación (emociones positivas). Voy también a dirigirme a la directora de la película, por la naturaleza tan punitiva de mi juicio, como la autora intelectual de un atentado contra la moral y la compasión por la humanidad. No se trata de un reproche que pueda hacerse, producto de la extracción de una perspectiva misántropa a la película, sino un análisis del modo en que son explotados los materiales de la película, las personas.

Otra Piel es una adición fina a la historia del cine de oficios extravagantes como también a la de animales despellejados. El documental sigue a un taxidermista, de nombre Miguel, cuyas actividades laborales, entre nosotros, espectadores pequeñoburgueses de un festival de cine independiente, son, por ahorrar caracteres, exóticas, y cuyo caudal de ingresos proviene, principalmente, de dueños (¿viudos, deshijados, de mascotas?) de mascotas recientemente muertas. Uno pensaría que lo extraordinario de su labor, ver animales en diversos grados de desarticulación se correspondería con una mirada cinematográfica solemne, y no con sentido negro del humor. Sin embargo, no es lo mordaz de los gags lo que hace ruido, sino el poco ruido que le hacen a Miguel. Lo rutinario, indiferente, de la mirada, ante la convivencia en espacio con cadáveres congelados, como elementos discretos de una situación cotidiana. La familiaridad del sujeto con este entorno genera desconfianza: no sale natural verlo sin sospecha. Como resultado instintivo -y no le creería a quien lo negara- me surge un presentimiento de que este hombre es perverso. Pero, inevitablemente, ¿cuántas perversiones terminamos imaginando para él al momento de chocar con que estamos frente a una persona que llanamente se dedica a eso?

Debo aclarar dos puntos: el primero: De algún modo, la directora de un documental (a menos que se trate de un documental inocuo, en cuyo caso no vale la pena verlo) y un taxidermista trabajan sobre lienzos parecidos: el sufrimiento ajeno. El taxidermista comete la vulgaridad de regalarme un paroxismo, por el tema de la muerte y todo ese enchastre inimaginablemente literal. No hace falta explicar nada. ¿Pero la directora? Traigo a colación el primer verso de “Documentary Filmmaker”, canción de la banda Squid: Well, a documentary filmmaker passes by on the hospital ward / And a documentary filmmaker poses for a photo / And a documentary filmmaker goes home at the end of the day / But I’ll sit and watch the seasons change. Un documentalista comparte tiempo con el enfermo, con el sujeto que sufre. Depende de nosotros asumir que este documentalista hipotético es empático y piadoso. Pero aun asumiendo que lo es, es inútil, su cuerpo es de látex. Es impermeable al dolor que registra, porque está supeditado a la película. Puntualmente en este caso se trata de los dueños de las mascotas, de las nuevas mascotas, que deben convivir con las momias de sus antecesores; y, en definitiva, Miguel, en tanto a la construcción moral que la película hace de “él” (en verdad, de su personaje. Pero, ¿quién se cree la de que no son lo mismo?).

El segundo: este documental, como toda obra con materiales muy peculiares y poco divulgados en la esfera de lo que merece ser representado en la cultura, produce mucho conocimiento específico sobre un asunto determinado. Conocimiento que me autoriza a trazar la diferencia (fundamental) entre el embalsamamiento y la taxidermia. Zoltan Kurucz, en Estética del cuerpo inerte (1927), se inclina por el valor de catarsis de la taxidermia, argumentando que el embalsamamiento es un proceso mundano de restauración, y que la taxidermia es una subdisciplina de las artes plásticas. Miguel es, entonces, tan artista como pueda serlo cualquier escultor de beaux arts. Cumple todos los requisitos para estar técnicamente haciendo arte: uno, tiene inquietudes e intereses por una forma determinada, que podría ser la línea y el punto, la melodía o la danza, y que por meras contingencias son animales muertos; dos, crea, o más bien, puliendo un material encuentra, en su devenir, nuevas sensaciones; y tres, al observar su obra se puede establecer un orden del mundo.

Lo controvertible del asunto son los materiales que manipula Miguel, porque parecería estar siempre un paso adelante de los golpes que puede darle la moral. Sí, son cadáveres de animales. Pero son mascotas que murieron de causas naturales. De hecho tiene cariño incondicional por los animales, demostrado por su respuesta magistral ante un dueño que mató accidentalmente a dos perros, en que le recomienda, haciéndolo pasar por chiste, ya no más perros para tí. Ergo, no puede ser un sociópata, le importan los animales. Pero entonces, ¿y los que no son mascotas? Ahí debería ser donde se puede dar la pelea. Sin embargo, acá es donde se pone en evidencia que este hombre, si bien tiene todos los signos de lo políticamente incorrecto, como, entre otras, sus aspiraciones de redneck norteamericano, los lleva al absurdo, encontrando la manera de ser el ejemplo típico de la crueldad manteniendo sus manos limpias, a través de vacíos en la legislación moral. Porque sí, caza. Pero siempre amparado por la retórica del pero. Siempre hay uno. Si pudiera decirse “este tipo mata animalitos indefensos por diversión” de cualquiera de nosotros, habría que soportar represalias. Él es lo suficientemente meticuloso para hacerlo sólo son especies introducidas. Es decir, vuelve su inmoralidad un servicio al ecosistema, que es, convengamos, el lugar común de la corrección política. La inicial desconfianza que produce este hombre y su actividad, al enfrentarse a su inevitable adscripción a los nuevos cánones del buen comportamiento, son un vistazo hacia algo que nuestra moral sencillamente no está capacitada para juzgar, algo que se resbala entre los códigos en que modelamos nuestro juicio.

Por más cínico (quack) que sea intentar que un perro (vivo, para variar) juegue con el cadáver de un perro muerto, al registrar ese momento y ponerlo en una película se está capitalizando a partir del sufrimiento ajeno. ¿Hace Patricia Guzmán un gesto parecido al de Miguel? Sin lugar a dudas. Poner en movimiento una maquinaria de inmortalizar sollozos ajenos está opuesto a la empatía y las buenas costumbres que queremos para una convivencia amena, cortés, polite, bien educada. En definitiva, marca las casillas para ser un documental que incomoda, que punza. Pero con eso no basta: las películas, para ser buenas, tienen que estar hechas de lo mismo que el objeto de su mirada. Tiene que haber una relación matemática entre el baile que Miguel le pega a la moral y el de la película. ¿Tiene un paracaídas moral ella también? En el final hay un plano en que Miguel abandona la casa, la familia, el país, y más importante, la película. Ante la partida de su hijo, la madre llora, hasta darse cuenta de que está siendo filmada. En ese momento incómodo, registrado en un encuadre torpe, puesto para estetizar el espacio y la luz, y no para empatizar con las pasiones humanas, le hace saber a Patricia su desaprobación. Aturdida por la sorpresa y angustiada, la regaña por seguir filmando, a las escondidas, como un parásito avergonzado, una sanguijuela que chupa de la tristeza y el disgusto de los otros. ¿Son de ficción su grito y sus lágrimas? Yo argumento que no importa. Lo que ponen de manifiesto es que Patricia conoce qué lugar le corresponde en la discusión por el bien y el mal, y que, al igual que Miguel, ese lugar es más complejo que los que la moral reparte taxonómicamente. No se trata de la posibilidad de emitir juicios morales sobre las películas, sino de resquebrajar a la moral haciéndola temblar con películas.


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