Si el holocausto nuclear es inevitable, relájate y goza - Crítica de Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (1964), dir. Stanley Kubrick

¿Es transversal a la humanidad la pulsión por retornar a un modo de organización paleolítico? ¿Está inscrita en nuestra nostalgia genética la época en que (nos gusta imaginar) cazábamos y recolectábamos y dábamos un piedrazo al vecino y nos quedábamos con sus mujeres y sus recursos y vivíamos más felices? ¿Seremos de un linaje 100% vencedor, y por eso nos imaginamos vencedores en esas fantasías? Me es difícil creer que hay un componente de lo humano que se inclina por volantear hacia esa instancia tan ordinaria de vida. Es más, puedo imaginar fácilmente que todos mis antepasados de aquella época, salvando distancias absurdas y humillantes para los estudiosos de la Historia, me dirían que preferirían estar acá conmigo a tenerme allí con ellos. Sin embargo, el discurso de que la revolución neolítica ha apuntado en contra nuestro, y que nuestro entorno ideal sería ese modo de vida más prosaico y violento, está más divulgado de lo que uno tiende a creer. “La naturaleza humana” se ha convertido en un campo de batalla. Es el espacio donde gente frustrada, medallistas de oro de la gimnasia mental, que cree que el amor es la perversión de los valores que nos han permitido subsistir como especie, y no su ingrediente fundamental, deposita sus fantasías perversas y se masturba con la legitimidad pornográfica que le concede un argumento con una talla tan solemne como La Naturaleza Humana, intentando convertir al fascismo en una disciplina de las ciencias naturales. 

Espero haber retratado efectivamente a este nicho de humanos. También Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb lo hace (para quienes oigan el texto, he subrayado “Love the Bomb”). No pienso, al menos, en primera instancia, obviar o trasponer los lazos que tiene la película con su historia inmediata, siendo el evento que más resuena la crisis de los misiles de Cuba. En pocas palabras, la película plantea un escenario alternativo (y altamente clasificado) de la carrera armamentística entre Estados Unidos y la Unión Soviética. La trama está organizada alrededor de la proliferación, al mejor estilo de comedia de enredos, de gags sobre la fórmula “qué fácil sería prevenir esta catástrofe, si no fuera porque…”. La solución a cada problema llega después de haber caducado. Esta trama orbita alrededor del esfuerzo por detener el ataque, producto de una órden súbita de un general de la United States Air Force que perdió la razón, que va a activar el eufemismo de apocalipsis que tienen los rusos; máquina que, para amplificar la ironía, era la herramienta para asegurar la Destrucción Mutua Asegurada (la garantía de la paz, podría argumentarse) que iban a anunciar al mundo en una conferencia la mañana siguiente. Esta trama, en definitiva, es en vano, porque ni logran ordenarle al avión que cancele el ataque ni tampoco ayudar a que los rusos lo derriben. Ahí se nos exhibe, desde la columna vertebral de la película, que evitar la catástrofe que destruya a la civilización como la conocemos está por fuera de las manos de cualquiera, hasta de los caudillos. Si así de difícil está para ellos, qué queda para nosotros, pobres miserables.

Pienso en la fantasía paleolítica. En la puesta en escena que se hace de este sueño típicamente reaccionario, estos hombres estarían finalmente eximidos de las constricciones que impone la vida amanerada del Estado Moderno (y demás resabios del amaneramiento de siglos anteriores). Esa autonomía sería aprovechada para retomar aquello tan precioso que los parásitos progresistas (un actor social que está, acorde a esta lógica, más allá de la Historia) les arrebataron: la vía libre para ejercer violencia y la abundancia de parejas/esclavas sexuales, y demás placeres que implican el sufrimiento ajeno. Es más que evidente que, si este sueño sólo genera confort para un nicho específico de seres humanos, un nicho que se achica, que se compartimenta, entonces está lejos de ser del orden de la Naturaleza Humana. Por el contrario, es el viaducto que han inventado para hacer pasar por elemental sus caprichos destructivos.

Como aparato discursivo, la película aprovecha la maquinaria de la comedia negra como soporte para la última escena en la sala de guerra. O al menos ese es el recorte de la película que voy a aprovechar para que parezca que mi punto está inscripto en ella por completo. Ahí es donde se condensa esta latencia paleolítica de la que hablo. La película nos expone a estos hombres con una prepotencia y paranoia tan particulares: un general conspiranoico obsesionado con un supuesto plan secreto comunista para destruir al Mundo Libre contaminando su suministro de agua para alterar sus fluidos corporales (¿feminización forzada?), una sala de guerra con un científico con extremidades fantasma aún no enteradas de su desnazificación, un general presumiblemente sexópata con pánico a descubrirse menos ostensiblemente poderoso que los rusos, entre otros. La práctica desmedida de medirse el pene como estrategia política es el gran tema. La Guerra Fría sirve de espejo, podría decir, con solemnidad y desdén, que de la humanidad; pero eso es lo que la película quiere hacerme creer y decir. Y, por más testimonial que pueda ser la película de esta costumbre tan estancada en el modo de ser humano (por lo menos hombre y en occidente), yo sé que hay por lo menos dos o tres cosas que podemos hacer que no son odiar.

 Una película sobre la política contaminada, alienada de su forma abstracta y esquemática, transformada en el vehículo de hombres con intenciones, y no del tipo abnegadas, antes que ideales. Se ha dicho de Kubrick que su representación de la Guerra Fría ha sido mordaz e irreverente. Que ante el pánico por la destrucción del mundo, optó por mofarse, desacreditando superficialmente, a quienes lideran la carrera por las armas, no sin advertir lo frágil que es la paz conseguida. Paz que ante el mínimo desequilibrio, expresado a través del quiebre psíquico del general (esto no lo puedo creer) Jack D. Ripper y lo irrevocable de sus decisiones, deja de existir. Mi problema con la película no es con su acusación, sino con el carácter total e inalienable de la corrupción. En esta última escena de la que tanto hablo suceden dos cosas que dan cuenta de dos tipos de corrupción que puede tener el pensamiento. Una alemana, calculadora, felina; y la otra estadounidense, paranoica, canina. 

Número uno. El doctor Strangelove (¿no se trata el escenario que propone, sencillamente, de un amor un poco extraño?), considerando que la explosión del dispositivo de aniquilación ruso es inevitable e inminente, propone seleccionar, con criterios de selección muy fáciles de imaginar, un grupo de hombres, ejemplares idílicos de la raza (humana) para sobrevivir en una cueva durante el tiempo de radiación, y a cada hombre asignarle diez mujeres de atributos sexuales estimulantes para garantizar la subsistencia de la especie. El doctor Strangelove es una metáfora visual: es un tipo que es, literalmente, medio nazi. No tiene control del hemisferio derecho de su cuerpo (el que controla el hemisferio izquierdo de su cerebro), sino que esa parte de sí la controla el fantasma de su nazismo supuestamente abandonado. El hemisferio izquierdo del cerebro es el encargado de la razón, y es el que, para el que decida creer en una teoría tan disparatada como esta, el personaje tiene cooptado por su pasado nazi. Es decir: la solución que propone es producto del raciocinio propio de una mente que no puede abandonar el nazismo.

Número dos: el general Buck Turgidson adhiere rápidamente a la solución que propone el doctor. Porque no puede pensar por fuera de la paranoia, no de la guerra, sino de la carrera armamentística. De la necesidad mercantil de innovar, que ahora se halla vuelta parámetro bélico. Porque no puede permitir que, si los rusos ganan la carrera de los misiles, también le ganen la carrera de las cuevas. Podría tranquilamente asumirse que, dada la oportunidad, va a tener la misma postura de aceleración para ganarle a los rusos la carrera de los palos pinchudos.

¿Ahora bien, el resto de los personajes? Creo que para los demás, para aquellos que pueden ver por fuera de la guerra, aquellos que tienen la cabeza un poquito más fresca, entienden que en el holocausto nuclear está el jardín del harén. Hay unos pocos para los que la destrucción mutua no está tan asegurada. Y parecería que son ellos quienes toman las decisiones. Y el sentido común me hace pensar que a razón de diez a uno… me lo pienso. No es un disparate. 


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